La doctrina de la araña II: Una idea para la inserción de la Argentina en el mundo

Periódicamente se publican opiniones de estudiosos de las relaciones internacionales acerca de las posibles  estrategias de inserción en el mundo para la República Argentina.

En artículo previo me he referido a la que a mi juicio sería la más conveniente,  definiéndola gráficamente como “la estrategia de la araña”.

Argentina conoció en las últimas décadas dos posiciones al respecto que resaltan por haberse ubicado en los extremos: “las relaciones carnales” y el  “aislacionismo neo-chavista”.

Estudiosos de la política exterior han efectuado varias formulaciones intermedias entre dichos extremos.

Sin embargo en este artículo propondremos otro camino para la discusión de esta cuestión. A saber, que es necesario definir previamente el modelo económico al que aspira nuestra sociedad, para luego y desde allí, evaluar las posibilidades de inserción internacional, lo que sería el capítulo propiamente dicho de la política exterior. Dicho modelo económico habrá de vincularse necesaria y armónicamente con las políticas sociales, educativas y científico-tecnológicas.

Claro que al decir que la definición del modelo económico es el paso previo para definir la mejor inserción internacional para nuestro país, estamos poniendo en un segundo plano los aspectos ideológicos y dando mayor énfasis al realismo político.

Adicionalmente y en forma convergente, habremos de definir una política de defensa nacional, que no habría de pensarse solamente desde nuestra nación, sino también desde el  espacio regional y que habrá de ser tenida en cuenta a la hora de avanzar en dicha inserción internacional.

Ello no implica olvidar en absoluto que es nuestra Constitución la que establece nuestras bases filosóficas e ideológicas, pero significa que a la hora de definir nuestra inserción internacional, además de partir del modelo económico, habremos de priorizar nuestros intereses concretos y la seguridad de nuestra Nación y nuestros ciudadanos por sobre consideraciones de otro tipo. Priorizar estos aspectos sin olvidar los principios establecidos en nuestra Constitución.

La inserción internacional de nuestro país será la resultante de las capacidades/posibilidades de Argentina, vis-a-vis las realidades que ofrece el mundo en un determinado momento.

El mundo exterior es una realidad que la República Argentina no puede modificar. Salvo en algunos aspectos de la relación con los países vecinos, (donde la cercanía geográfica, el proceso de integración y los múltiples lazos que nos unen y comunican),  nuestra capacidad de modificar la realidad internacional es muy pequeña.

En consecuencia nuestra política  exterior deberá extremar el análisis de la realidad internacional para entender y conocer las verdades posibilidades que nos ofrece. El actual mundo multipolar, especialmente en lo económico, ofrece muchas alternativas que deben ser correctamente evaluadas porque  son complejas y muy dinámicas.

La definición de nuestro modelo económico deberá ser plasmada en una Política de Estado. Será seguramente la síntesis de las opiniones y los intereses de la mayor parte de los actores de la vida nacional. Gobierno, partidos políticos,  empresarios, trabajadores, universidades, movimientos sociales, centros de investigación, iglesias, pensadores, etc. Sin duda una tarea ardua, pero el único camino que nos permitirá consensuar el modelo de país en el que queremos vivir.

No será una discusión en abstracto. Se iniciará a partir del “stock” existente de recursos naturales, productivos, industrias, servicios, institutos de enseñanza, capacidades diversas  de la sociedad civil. Algunos serán más avanzados o más competitivos internacionalmente; otros requerirán subir varios escalones en sus capacidades, otros tal vez deberán modificar su perfil.  Pero en todos los casos, los actores de nuestra vida económica, a partir de su realidad actual y con el concurso de los  otros sectores de la sociedad, Gobierno y partidos políticos, son los que definirán este “modelo argentino” en sus aspectos económicos centrales.

Asimismo habremos de mirar los diversos caminos transitados por países que pasaron de estadios de sub-desarrollo a ser desarrollados o estar muy cerca de serlo.

El modelo coreano, el taiwanés, el australiano, el brasileño, el mexicano y varios otros.  Seguramente ninguno de ellos estrictamente, aunque muchos elementos válidos de más de uno, habrán de ser tenidos en cuenta. Asimismo sectores y/o políticas específicas de países altamente desarrollados, en este  caso con las adecuaciones necesarias por los diferentes niveles de desarrollo.

La Argentina, salvo excepciones, está muy poco integrada a las cadenas  de valor internacionales. Por otra parte tiene sectores cuya competitividad internacional está fuera de toda duda, como el agropecuario, algunos rubros de la industria de la alimentación, algunos nichos de la industria automotriz,  los tubos de acero sin costura, el litio, algunos rubros nucleares, seguramente el gas con la promesa cierta de Vaca Muerta y algunos destinos turísticos muy específicos.

Pero a partir de allí es más complejo el análisis. Ciertamente lo es en referencia a cuánto de modelo exportador queremos/podemos tener; al rol del Estado; la existencia o no de un Banco de Desarrollo para que las empresas nacionales puedan tener financiamiento de mediano y largo plazo; la necesidad de un Eximbank para favorecer la exportación de manufacturas de origen agropecuario e industrial, etc. En fin, se hace esta breve mención, a modo de ejemplo de la vastedad e importancia de los temas sobre los cuáles habremos de procurar definiciones.

En cualquier caso será inevitable proceder a reformas estructurales que nos saquen de los bajos estándares de productividad y competitividad actuales.  La amplitud y profundidad de dicha reforma estructural, hace más imprescindible aún la necesidad del consenso para viabilizarla. La muy baja productividad media de nuestra economía requiere de profundas reformas macro y micro-económicas. Problemas como la pobreza, el déficit fiscal y de balanza de pagos, la muy alta presión impositiva y la baja inversión, requieren de amplias reformas para su solución.

Extraordinariamente importante es la discusión que debemos darnos sobre la educación vis-a-vis el modelo económico que se defina y la política de ciencia y tecnología  para que el mismo sea posible.

Sólo luego de este amplio debate, que seguramente deberá ser convocado y coordinado por el Gobierno y donde el Congreso sería su ámbito más propicio de desarrollo, y a pesar de lo arduo y difícil que parezca, es que lograremos consensuar un modelo económico sustentable para las próximas décadas.

Todo ello en un momento del desarrollo universal lleno de incertezas pero con una certeza inevitable: el avance arrollador e imparable de la ciencia y la tecnología y su impacto mayor en la producción, los servicios y el empleo.

Dicho avance tecnológico, si bien en primera instancia asusta pues nos hace sentir muy alejados de la frontera tecnológica, por otra parte puede ayudarnos en muchos casos a “saltar” etapas capturando las últimas tecnologías, pues al carecer en varios sectores de un parque tecnológico atrasado simplemente por inexistente, nos abarata el costo de la que sería una muy cara reconversión.

Ya hemos visto fracasar, casi a razón de una por década, diversas políticas que tenían elementos válidos.

Pero sólo representaban a una parcialidad. En el mejor de los casos al 50% de la población y/o de los sectores económicos, políticos y de la  sociedad civil en general. Para definir un horizonte de mediano plazo, un perfil económico para las próximas décadas, requerimos del consenso de al menos dos tercios de los argentinos. Ninguna “mitad” de la Argentina podrá dar respuestas valederas a los problemas de los argentinos. El consenso debe ser más amplio.

Cabe a la política exterior, en especial a la Cancillería, incorporar muchos elementos a esta discusión. Porque ese consenso interno, para que sea viable, habrá de tener en cuenta el medio ambiente internacional en el que pretende insertarse. Esta definición de un modelo argentino, deberá mirar con un ojo a la realidad fronteras adentro y con el otro la realidad fronteras afuera.  A partir de  esa interacción de realidades y posibilidades internas y externas,  es que podrá proponerse un modelo argentino viable y sustentable.  De nada hubiera servido intentar fabricar velas, aunque hubiesen existido fábricas disponibles, días después que Tomás Alva Edison nos iluminara con la lámpara incandescente.

La definición del perfil económico  surgirá de una interacción dinámica de esas realidades internas de nuestro país, con las realidades del mundo que nos rodea. No es un ejercicio en abstracto donde sólo se considere el “stock de nuestras capacidades”. A partir de allí, habremos de enhebrar todos los elementos que nos permitan “fabricar”, “ofrecer”, competitivamente aquellos bienes y servicios demandados por el mundo. Esta sintonía entre lo que estamos en capacidad de ofrecer y lo que  el mundo demanda, es clave para el éxito de nuestra inserción internacional.

Un elemento importante  para comenzar el análisis habrá de ser nuestra geografía. Estamos en el confín del continente americano.  América del Sur es nuestro espacio inevitable y pródigo en posibilidades. No nos limita. Nos abre al mundo. Pero nos ofrece múltiples oportunidades en nuestras fronteras y espacios circundantes.

 Esta idea pretende ser un aporte para estimular el análisis y la negociación creativa en búsqueda del consenso que viabilice nuestra inserción internacional en las próximas décadas.

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